Detengámonos un momento para reflexionar acerca de los cambios emocionales que mueve la maternidad y de lo que solemos experimentar las mujeres cuando nos enteramos que estamos embarazadas. La noticia de la llegada de un hijo que esperábamos suele ir acompañada de gran alegría, entusiasmo, sensibilidad, incertidumbre, interrogantes y a veces -porque no decirlo-, emergen los miedos más profundos, los que estaban dormidos dentro nuestro y que ignorábamos.
Embarazo y conexión: si o no?
A veces ya desde el embarazo sentimos que algo está cambiando, esa panza que avanza nos obliga a movernos de una manera más lenta y cuidadosa, nos conectamos con el cuerpo y sus ritmos, nos volvemos más introspectivas, más agudas. El embarazo se transforma así en un tiempo de cambio, de preparación, que nos va moldeando. Cambian nuestros gustos, nuestros sentimientos y a veces la manera de pensar y de vivir. Este es un buen momento para que la mujer busque un espacio de mujeres donde poder compartir sus vivencias más íntimas, sus sentimientos, expectativas y temores más profundos, donde sentirse hermanada en este palpitar de la vida.
Otras veces en cambio el embarazo transcurre sin darnos la posibilidad de conectarnos con aquello maravilloso que nos está ocurriendo, ignorando el don de poder concebir y gestar esa nueva vida parte del universo. Son embarazos vividos en la mayor de las desconexiones por estar la mujer presa de las exigencias y por ignorar su naturaleza. Si esta situación se perpetúa, cuando nazca el pequeño se puede experimentar una depresión profunda. ¿Por qué? ¿Cómo es un recién nacido, qué cosas necesita, cómo es su mundo emocional ¿Qué cosas pierde al nacer? ¿Qué le ocurre a una madre reciente? Mientras el bebé se encuentra en el vientre de su madre se encuentra en una situación de gran homeostasis, recibe todo el alimento que necesita para crecer sin necesidad de pedirlo, el mismo le llega a través del cordón umbilical, la temperatura que lo rodea es óptima, no siente frío ni calor, lo acompañan los latidos del corazón de la mamá, los sonidos provenientes del aparato digestivo de ella y su voz que se transforma en un arrullo. El bebé in útero es mecido a través de los movimientos de su madre. Con el nacimiento toda esta situación de armonía se pierde. El hambre pasa a ser una sensación poderosa y desagradable que se apodera del pequeño, que no puede proveerse el alimento que necesita por sí mismo. El movimiento, ese vaivén que lo mecía en el interior de su madre se pierde y lo recupera únicamente cuando lo toman, lo acunan, lo mecen. El bebé pierde los límites que le proveían sostén. El espacio pasa a ser infinito, inabarcable, entrañando una sensación desagradable por amenazar con perder los límites del propio cuerpo. Cuando una madre toma a su hijo, lo sostiene, lo acaricia, lo envuelve, lo cobija, le provee seguridad y le devuelve los límites de su cuerpo. Los sonidos que lo acompañaban se pierden dejándolo en el más absoluto de los silencios que se rompe cuando la madre al alzarlo le devuelve el conocido sonido de su corazón, cuando al hablarle lo envuelve con la voz que el pequeño conoce tan bien y que lo tranquiliza porque lo reasegura. El bebé puede manifestar su displacer sólo a través del llanto. Ese llanto que su madre debe aprender a decodificar.
Si durante el embarazo la madre no pudo conectarse, cuando nazca el bebé con todas las necesidades que éste presenta, demandas 100%, se sentirá probablemente agobiada, apesadumbrada. Los bebés son como esponjas, perciben el clima emocional y fundamentalmente el de sus mamás. Por estar unidos a sus madres desde lo físico, desde lo psíquico y desde lo espiritual captan muy bien la disposición materna. Si un bebé recibe lo que necesita será más tranquilo, se alimentará, dormirá y crecerá mejor, será un bebé más saludable y a medida que vaya pasando el tiempo y crezca gradualmente irá pidiendo menos y podrá esperar cada vez por períodos más prolongados. Por otro lado proveer a nuestros hijos de todos los cuidados, conectarnos de esa manera simbiótica, estar en sintonía con ellos, es la consecuencia de haber alojado en nuestro vientre a nuestros hijos durante nueve meses, donde aprendimos a compartir, a dar de nosotras mismas. Desde el comienzo de la gestación hasta el final se van sucediendo situaciones distintas que condicionan la vida de la mujer, ya no se tiene plena libertad ni independencia, esa persona cambia nuestra vida poco a poco. Ya no podemos ingerir cualquier cosa, nuestras horas de descanso pasan a ser sumamente valiosas y debemos cuidarlas, ya no podemos estresarnos trabajando largas horas en ambientes o climas poco respetuosos de nuestra condición de mujer, debemos cuidar nuestras emociones y todos nuestros hábitos. Si hemos podido vivir un embarazo de manera conciente, cuando ese bebé nazca apenas si toleraremos que se separe unos minutos de nosotras.
Darse tiempo…menos apuro
El encuentro con nuestros hijos se vuelve sumamente placentero si se dispone de tiempo, si no se tiene apuro. Al principio nos vemos tomadas por completo, sumergidas en una tarea que puede sentirse como eterna, circular, aunque pasa y más rápido de lo que pensamos. Si nos relajamos podremos disfrutar el momento en que nuestros hijos nos devuelven con sus sonrisas, con sus balbuceos, con sus miradas y nos sentiremos eternamente agradecidas. Darle tiempo a nuestros hijos y a nosotras mismas es una de las mejores inversiones en salud. Se previenen las enfermedades, ya que conseguimos mayor inmunidad para ambos. Los niños mirados, escuchados, tocados, alimentados con ternura, los pequeños a los que se les habla con cariño, desarrollan personalidades más fuertes, tienen mayor autoestima, se transforman en personas generosas y preocupadas por el otro. Darse el tiempo para vivir el cambio que es el embarazo tiene influencia también a la hora de parir, una mujer conectada con su embarazo, que se ha dado tiempo sabrá hacer respetar su tiempo a la hora de nacer su hijo.